El Vesubio de Pompeya.

El sol cubría todo: las flores, el rocío de la mañana,  las sonrisas de

los inadvertidos,  la vida, la simplicidad de aquella ciudad que se

levantaba para honrar a la humanidad.  Las mariposas dibujaban  lo

sublime  entre los castaños, robles y alisos que rodeados de pétalos

simulaban el Edén. “Bendita ignorancia” se dijo después. Dulces cantos

sonaban en la rutina de aquel ángel sin alas, que  caminaba hacia la

fuente. Un agudo murmullo, se clavó en el fondo de su alma, revelándose

 el pánico todavía desconocido en su palpitar. Su visión era un

espejismo, que la había apartado de la realidad: una gran nebulosa

 quemaba todo lo que antes era precioso en aquella colina. Y es que

estaba previsto: hasta La Casa del Fauno seria arrasada con

todo su esplendor.  El hechizo la hipnotizó, no respondía. Quedó sumisa 

en una pena terrible.  Intentó recordar la brevedad de sus días,  y

pensó en los que llenaban su  corazón. La orquesta de tallos, y hierba

que la rodeaba la acogió como a una hija. Finalmente lo asumió y

contempló el destino con cierta admiración, vio como ardía el encanto de

la vida. La sorpresa se había convertido en sentencia.  Su mirada se

fijó en una sencilla margarita, que arrancó y observó con melancolía.

 No  podía calmar el ardor de sus mejillas con el llanto. Mientras

bajaba las escaleras delicadamente, la belleza se posó en sus ojos en

forma de lágrimas de cristal, que no derramó, conservándolas como un

juguete en manos de un niño, inocente víctima de la vida. Aquella

pincelada de todo quedó grabada en piedra para la eternidad. Sería

recordada por los herederos. El Vesubio de Pompeya.

relato

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