Homer y yo

“Así son las cosas Fred”. Eso fue lo que dijo  mientras hacía sus

sólidos aros de humo con la boca y tiraba la ceniza con indiferencia y

gracia. Sus piernas enfundadas en sus vaqueros con el zapato apoyado en

la pared, sostenían una sonrisa desafiante. Así fumaba Paul Lestrade

en su última película. Cuando miré a Homer supe en qué estaban pensando

sus grandes ojos castaños y sus trece años. Éramos imparables y

creíamos que nos comíamos el mundo. Homer me aseguró que podía conseguir

los cigarrillos, yo añadí que cogería cerillas de la cocina…

Se

deslizó una leve sonrisa por mis labios al contemplar cómo Homer se

colocaba el cigarrillo en la boca. Me miró como lo había hecho cientos

de veces aquel verano y asintió como quién disfruta de un premio tras

una larga carrera. Sacó una cerilla y la encendió. Las chispas que

salían del fosforo se confundían con el atardecer anaranjado que

despedía el día. Homer entrecerró los ojos aspirando el humo  mientras

sujetaba el cigarrillo con los dos dedos con un aire de rebeldía; apoyó

la suela de la zapatilla en la pared, y soltó un ensayado “Así son las

cosas Fred”. Al expulsar el humo tosió sin remedio… Reí: era igual que Lestrade.

Por un momento pensé que no podría imitarlo como Homer. Extendió la

mano y me ofreció el cigarrillo retándome. Lo cogí inseguro. Homer

sonrió mientras bajaba la zapatilla de la pared, esperado a que

comenzara mi actuación. La verdad es que temía lo que pudiera pasar.

Miré a ambos lados y me decidí a acercarme el cigarrillo a la boca…

Cuando tocó mis labios me derrumbé procurando no quemarme y cerré los

ojos.  Homer asustado acudió rápidamente y me cogió de los hombros 

tambaleándome: me gritaba. En unos segundos la desesperación llegó a mi

amigo y agudizó el tono, suplicante. Me arrepentí y abrí los ojos de

repente mientras me  oía decir un alegre: “Así son las cosas Fred”.

Entonces eché a correr huyendo de una venganza amistosa, que me alcanzó

en el río. Jadeantes nos sentamos en la hierba que bordeaba la ribera

del río, y contemplamos el ocaso.  Homer y yo éramos amigos.

relato

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