6 de febrero de 2023
Martillo
Su casa de campo mira hacia el valle donde viven las espías y, por costumbre, estas devuelven las miradas a través de los prismáticos.
Elfriede Jelinek
Los prismáticos están suspendidos en la dirección adecuada gracias a unas manos de venas correosas, que guisan, sujetan cucharillas de café y gesticulan por encima de los hombros. Eso sí, con decoro. Lo que no hacen esas manos es parlotear, para eso ya tienen una boca infecta, como lo hace la sección podrida de una tubería cuyo carmín de labios es teflón inútil en cantidades, absurdas e injustificadas, remotamente capaces de retener litros y litros de fluidos chismosos.
—¿Cómo estás, querida? —dice una de las tuberías espía, La Corista.
—¿No lo sabes ya todo? Hazme otra pregunta, que esa ya me la sé —dice Amanda.
—¿No lo sabes ya todo? Hazme otra pregunta, que esa ya me la sé —dice Amanda.