El Interior

Leyendo Las Llanuras, de Gerald Murnane, pienso en la obra de mi abuelo. Durante varias décadas se levantó temprano antes de que se despertara el resto de la casa para escribir un formato específico. Veinte líneas sobre un tema. A lo largo de los años el impulso lo podía dar un refrán o una frase de azucarillo. Otras series eran de recetas de su infancia, personas que había conocido, anécdotas, pensamientos centrales como la 'Tendencia al bien', reflexiones, noticias, giros inesperados del destino. Un empleado de la tienda por un suplemento mensual fue transcribiendo regularmente las octavillas que él iba rellenando a diario cada vez en una letra más ilegible y esquemática. Pero nada de esto o prácticamente fue publicado en ningún sitio. Es un iceberg flotando a la deriva. En su casa conservan todavía una estantería llena de volúmenes con las más de ocho mil páginas que recogen lo que él llamaba desde la mesa de la cocina: su legado.

Pero veo que gran parte de la fuerza y fascinación de las llanuras y de los estudios para El interior son exhaustivas cartas que como Chris Kraus nunca se enviaron, diarios sobre conceptos que nadie salvo sus autores pueden entender. Algo tan obvio, sencillo y sin brillo que cualquiera puede despreciar con un simple vistazo.  El interior es el punto donde nos detenemos a contemplar y observar a escritores y creadores que nunca nadie ha leído ni van a ser publicados, ni conocidos, ni famosos, ni de renombre. Grandes pasiones de vidas anónimas, sin apellido. Detalles insignificantes ampliados hasta la extenuación de los que nunca se tiene suficiente contexto.

Quizá ese sea el terreno más fértil e inquietante en el que vamos a trabajar. El resto parecen fuegos artificiales que se extinguen más rápido de lo que podremos apreciar con el paso de los siglos. Muchas veces nos preguntamos para qué tenemos un blog, para qué llevamos un diario, por qué estamos obsesionados tomando notas de todo. Parece que el fruto es el propio proceso de caminar y pensar mientras escribimos. Tal vez más adelante alguien lo encuentre y pase fútiles horas de investigación sobre esos escritos tratando de descifrar la profundidad de la aparente monotonía de las llanuras, o tal vez lo triture como viejas facturas. 

Observar esa obsesión compulsiva, la que te hace volver una y otra vez a tus propias obsesiones, pensamientos y perspectivas vitales, es una de las cosas que más me atraen de la literatura. Se repiten eternamente y a menudo pienso que si estuvieran en una hoja de cálculo y pudiera eliminar los duplicados, mis propios diarios se reducirían a apenas unas páginas. Los directores que siempre están haciendo una y otra vez la misma película tienen razón. Recorren caminos y senderos sin descanso, una y otra vez mandando los mismos mensajes, pero nunca son los mismos. Y es que creo que el mensaje se esconde en esa repetición, en un paso sobre otro que pasan por sí mismos de nuevo.

Aunque Las Llanuras es un libro de principios de los ochenta, ahora, en los tiempos de las redes sociales, donde más que nunca se cultiva de cara a la galería, esta exhortación a la vida interior, a la fertilidad oculta y apasionada, la grandeza escondida en la monstruosidad que hay detrás del anonimato, de lo privado, me llama fuerte.
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